Las raíces judías del cristianismo – Pablo el fariseo

El fariseísmo de Pablo se da por sentado a partir del sentido obvio de su declaración en Filipenses 3,5-6: “Circuncidado el octavo día; del linaje de Israel;
de la tribu de Benjamín; hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la Ley,
intachable”, complementada por Gálatas: “Yo sobrepasaba en el judaísmo a muchos de mis contemporáneos”.
A pesar de estas declaraciones contundentes, el fariseísmo de Pablo no es una cuestión clara y fácilmente asegurable ya que dadas las características de
la piedad farisea y sus exigencias, parece más que probable que educarse a fondo y vivir conforme a tales normas era prácticamente imposible fuera de
la Palestina judía. Se discute incluso si había fariseos en la Galilea del siglo I, aunque muchos estudiosos lo creen, pero no como escuelas, sino como
figuras aisladas. Puesto que, además, apenas se sabe nada de una actividad de escuela farisaica en el exilio, Tarso no entra en consideración, sino sólo
Damasco o sobre todo Jerusalén.
La charla presenta la posición de algunos estudiosos judíos que afirman que tal postura farisea de Pablo era puramente teatral para realzar la
importancia del cambio de mentalidad producido en él gracias a las revelaciones directa de Dios: Pablo estaba fingiendo ser un fariseo aunque no lo era.
Se discute esta posición interpretativa extrema y se presenta la posible solución intermedia: Pablo pudo emplear el término “fariseo” no de un modo
estricto, a saber, entrenado largos años en la escuela de un maestro fariseo de fama, experto en las técnicas que luego serían denominadas “rabínicas”,
sino que pudo usarlo de una manera amplia como “defensor de las ideas fariseas” en contra, por ejemplo, de las saduceas o esenias.